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Sólo Dios nos da la Libertad…

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Carlos Hernández.-

“Sólo Dios nos da la Libertad…”, es un texto resultado de un proceso de reflexión e investigación que he llevado a cabo, acerca de ese regalo que el Creador del universo dio a su obra más amada: el hombre, y se trata de su libertad… el ser humano tiene nada más y nada menos que la facultad para escoger entre el bien y el mal, ser libre o ser reo del demonio, porque Dios nos muestra el camino pero no nos obliga a seguirlo sino que nosotros lo hagamos por convicción y voluntad propia. El hombre sólo es libre cuando está adherido al bien y en consecuencia es feliz porque su conciencia y su corazón están con Dios y su accionar en este mundo es para servir a la humanidad y no para destruirla.

 …SÓLO DIOS NOS DA LA LIBERTAD

… Dios los llamó a ustedes a ser libres, pero no usen esa libertad como pretexto para hacer lo malo. Al contrario, ayúdense por amor los unos a los otros. (Gálatas 5 – 14).

Cuando Dios hizo al mundo ejerció su libertad para crear, y luego de observar sus propias maravillas sintió entonces la necesidad de dar vida a un ser que fuese imagen y semejanza suya para coronar aquella obra divina, de manera que señoreara toda la Tierra e hiciese de ella su casa, la cuidase y la poblara.

A aquella criatura la hizo libre, y en lo más profundo de su corazón hizo arder la llama del discernimiento entre el bien y el mal, para que con conciencia actuara y escogiese el camino a seguir. Pudiendo el Creador dirigir su criatura hacia el sendero o destino que Él quisiese, no lo hizo, sino que respetó el don del libre albedrío que le había asignado. Tanto así, que el Hombre tomó sus propias decisiones desde el inicio, aun contrariando la voluntad del Padre. Ello generó graves consecuencias con ataduras a la esclavitud del pecado, hasta que la misericordia del Señor se presentó en carne y hueso, para salvar a la humanidad misma, en la persona de Jesús, quien nos invitó a seguirlo para hacernos verdaderamente libres de manera definitiva por la eternidad.

Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida…” (Juan 14 – 6); sabemos entonces que Jesús es la verdad. Igualmente, el Señor dijo: “… la verdad os hará libres” (Juan 8 -32). De tal forma, pues, que, sólo siguiendo a Jesús, quien es la verdad, alcanzaremos la salvación y la auténtica libertad. 

Esto implica –además- el cumplimiento de los mandamientos de Dios, los cuales se resumen en Amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a ti mismo.

Todo ello apunta a definir que la libertad no significa vivir como nos dé la gana. Quienes así lo declaren, perciben y proyectan un concepto falso de libertad. La libertad está indisolublemente adherida al bien. Cuando escogemos hacer el mal, automáticamente dejamos de ser libres y nos convertimos en esclavos del maligno, príncipe de la maldad y de la mentira.

Sólo Dios nos da la libertad y cuando la ejercemos, voluntariamente nos hacemos modelos de responsabilidad, de honorabilidad, de respeto, reconocemos los derechos de los demás, participamos en la construcción de una sociedad donde resalten valores como la solidaridad, amor a la familia, respeto a la propiedad, a la dignidad humana, honestidad, justicia, confraternidad y sobre todo mucha voluntad para el trabajo, estudio y formación profesional, entre otros.

Cuando el apóstol Pablo en Carta a los Gálatas exhorta a ese pueblo a ser libre, pero además lo convoca a usar esa libertad para el bien y lo invita a ayudarse a través del amor, está evangelizando acorde con las enseñanzas de Jesús. Está ratificando que la libertad tiene su compromiso con el bien y no con la maldad, y que quien use el poder humano para matar, robar, mentir, está exterminando su libertad, para convertirse en un preso del diablo.

Por su parte, el Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que la caridad es la primera de todas las virtudes y que con su ejercicio los cristianos alcanzamos la libertad espiritual. Igualmente nos explica que ante Dios no estamos como esclavos sino como hijos amados. Eso lleva al hombre a permanecer en un estado de paz y en consecuencia de auténtica libertad, porque cuando la paz y el amor viven en el corazón del hombre, somos imagen de Dios y una imagen de Dios es la máxima representación de la libertad.

EL CRISTIANO HACE HONOR A LA LIBERTAD

El verdadero cristiano, aquel que imita a Jesús en sus actuaciones y por ende da testimonio en vida de sus enseñanzas, hace honor a la libertad.

El empresario que impulsa su unidad de producción, acomodándose a las exigencias de la justicia, con ética tanto en lo jurídico – administrativo como en toda su dimensión, especialmente con el trato y la remuneración justa al trabajador, más que por las imposiciones legales, por convencimiento propio, tiene éxito en su proyecto y crece sólidamente en el mercado en el cual participa. Porque quien actúa con justicia, con probidad, con honestidad, tiene el acompañamiento de Dios. De cierto se convierte en una muestra fehaciente de que quien está libre de las ataduras del pecado como la usura y la explotación (y tantos otros), gana no sólo suficientes bienes materiales, sino el respeto de los trabajadores en todos sus niveles, catapulta la empresa a mayores dimensiones en el mercado, recibe el reconocimiento de la sociedad donde se desenvuelve y lo más importante también acumula riquezas espirituales.

Esa actitud aplica igualmente al estudiante, al trabajador de la industria, al agricultor, al deportista, al sacerdote, a todos los profesionales de las más diversas áreas, porque si cada uno cumple sus responsabilidades cabalmente hará honor a la libertad que Dios nos ha regalado, haciendo el bien y desechando la esclavitud del pecado. En consecuencia, tendrá ante los hombres un premio invalorable, como es la dignidad en el más alto nivel, pero a la vez -como todo lo habrá alcanzado por el amor con el cual cumple sus tareas- se hace merecedor de la gracia de Dios.

Reiteramos, entonces, que el verdadero cristiano hace honor a la libertad. No se trata de aquel que se conforma con ser llamado cristiano porque fue bautizado y asiste a misa dominicalmente, pero su vida pública y privada no va acorde con los mandamientos de Dios ni con los de la iglesia fundada por Jesús. Se trata de aquel, que, además de haber sido bautizado y tiene en la Eucaristía el culmen de su fe católica, recibe los sacramentos y la presencia divina del Señor con gran devoción, va mucho más allá y exterioriza todo ese amor a Cristo, entregándose a las causas que van en pro de ayudar a nuestros hermanos. 

Es el mismo que da testimonio de su vida cristiana en el seno de la familia, en la empresa, en el campo deportivo, en la iglesia, en la comunidad, sin importar su procedencia, clase social, sexo, edad, color de piel, etc. Se trata de aquel que procura dar ayuda a quienes requieren de alimentos, ropa, medicinas, o simplemente una palabra de aliento, un acompañamiento -en un momento de dificultad- al hermano, por estar en la cárcel o en el hospital. Cuando esto se hace de corazón, estamos honrando la libertad que Dios nos dio. Estamos escogiendo entre el camino de la libertad de amar como el mismo Dios -a través de su Hijo Jesús- nos ha amado, o el de echar por la borda la preciada libertad para convertirnos en esclavos de la perdición y la malignidad.

CRISTO, AUTÉNTICO CAMINO A LA LIBERTAD

Cuando afirmamos que Cristo es el auténtico camino a la libertad, nos basamos en las propias palabras del Maestro, las cuales el evangelista Juan, recoge de la siguiente manera:

Jesús les respondió: Os aseguro que quien comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no vive en la casa para siempre, el hijo sí. Por tanto, si el hijo os libera, seréis de veras libres…” (Juan 8: 34-36).

Al utilizar nosotros el calificativo “auténtico”, para referirnos a Cristo como camino a la libertad, lo hacemos porque hay quienes pretenden confundir justificando la existencia de otras vías (aunque no son las correctas) para supuestamente alcanzar la anhelada libertad. Nos referimos a religiones creadas por hombres y no por Jesús, así como a sectas de espiritistas y/o santeros, que sustituyen a Dios por ídolos, pero también a personas que sólo viven pendientes de perseguir el dinero -a como dé lugar- porque supuestamente al alcanzarlo éste les proporcionaría libertad y felicidad.

Existen además personas que de forma altanera descalifican la religión católica, señalando que ésta sólo sirve para limitar al hombre a una serie de normas que no lo dejan actuar libremente. Acusan de forma ligera a miembros de la Iglesia, laicos o sacerdotes, de delinquir y/o cometer actos impuros amparados en un falso manto de santidad.

Entendemos que es legítimo reconocer las faltas reales que en algún momento de la historia hayan tenido miembros de la jerarquía de la iglesia o algunos de sus integrantes. Pero hay que aclarar que la iglesia es Santa, porque la fundó Jesús, aunque sus miembros son pecadores ya que son hombres, pero al fin y al cabo personas quienes constantemente están en lucha por la superación al pecado, contando con el ejercicio del sacramento de la reconciliación.

Lo cierto es que muchísimos más son los actos de santidad y de caridad de la iglesia y sus representantes en todos los niveles, que los actos decadentes a los cuales se aferran y promocionan los enemigos de la institución para tratar (aunque fallidamente) de hundirla o desfigurar su historia. Es impresionante la obra de la iglesia católica en el mundo, imposible de resumir en este trabajo, por lo que sólo asomaremos –para de alguna manera rebatir tales ataques- estos breves datos estadísticos, a nivel mundial:

“… la Iglesia administra un total de 67.264 escuelas maternas frecuentadas por 6.386.497 alumnos; 91.694 escuelas primarias por 29.800.338 alumnos; 41.210 institutos secundarios por 16.778.633 alumnos. Además, sigue 1.894.148 jóvenes de las escuelas superiores y 2.837.370 estudiantes universitarios. Los institutos de beneficencia y asistencia administrados en el mundo por la Iglesia comprenden: 5.378 hospitales, 18.088 dispensarios, 521 leproserías, 15.448 casas para ancianos, enfermos crónicos y minusválidos, 9.376 orfanatos, 11.555 jardines de infancia; 13.599 consultorios matrimoniales, 33.146 centros de educación o reeducación social y 10.356 instituciones de otros tipos”. (http://es.catholic.net/op/articulos/62428/las-buenas-obras-de-la-iglesia-catolica.html#modal).

Sin embargo, la Iglesia que es intrínsecamente libre por naturaleza, porque viene de Dios, máxima expresión de la libertad, no escapa del pecado, como ya hemos dicho, aunque éste jamás prevalecerá sobre ella, ni la destruirá, y para muestra, más de dos mil años de existencia, tanto así que todos los argumentos que se confabulan para agredirla se derrumban por su propia superficialidad y no pueden exterminarla porque está fundada sobre la roca como el mismo Cristo lo indicó:

“Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. (Mateo 16: 18).

Los caminos de la libertad no son llanos, sino difíciles de transitar. Embarcarse en esa aventura es un desafío, pero alcanzar la meta produce una gratísima sensación porque habremos recorrido el sendero del Señor que nos impulsa al servicio y no a ser servidos, a dar más que recibir. 

La libertad no se asume con una actitud de irresponsabilidad frente a nuestros semejantes. La libertad tiene una característica inherente a ella misma o un elemento propio de su naturaleza, como es la verdad, la rectitud, la justicia y el respeto entre los seres humanos que interactúan como iguales en una sociedad. 

Por ello, cuando un hombre hace mal uso de su libertad para manipular por cualquier vía inmoral, tales como la fuerza, el chantaje o el terror, esclaviza de alguna manera a su víctima, a una persona o incluso a una nación entera –hasta que ésta pueda liberarse de tal opresión. Pero finalmente quien pretende esclavizar termina siendo el verdadero esclavo del mal que domina su corazón, su conciencia y su alma. Ha perdido la verdadera libertad que Dios le dio, para ser un reo del demonio.

EL ROL DE LA SABIDURÍA

Otro aspecto fundamental en la intención del hombre por emprender el camino a su preciada libertad, es alcanzar la sabiduría. Esta es un don que, aunque viene de Dios, no todos poseen. No bastan los muchos años de estudio, ni las experiencias de vida, pues una persona inteligente, pero sin el don de la sabiduría, puede hacer mucho mal. Claro que podemos cultivarla y profundizarla con nuestro propio esfuerzo, pero principalmente depende de Dios que es la fuente (Initium sapientiae, timor Domini = “Inicio de la sabiduría es el temor del Señor”. Eclo 1,14).

La sabiduría, que es distinta a la inteligencia, se alcanza sólo si el objetivo que nos mueve está abrazado a la causa del bien. Y para ese propósito es necesario que permanentemente pidamos a Dios nos envíe al Espíritu Santo. En definitiva, la sabiduría nos conduce a la libertad, porque también viene de Dios.

Cuando algunos científicos de manera arrogante pretenden descalificar la religión, negar la existencia de Dios y enaltecer sus estudios y descubrimientos alegando que son exclusivamente producto de su inteligencia, sólo evidencian un estado de inseguridad espiritual, pues nunca dejan de expresar frases que delatan o exponen sus dudas sobre su propio ateísmo.

Al reconocido científico británico Stephen Hawking, fallecido en 2018, en una entrevista de prensa en España le preguntaron:

“- Usted ha dicho que no hace falta Dios para explicar el Universo tal como es. ¿Piensa que algún día los seres humanos abandonarán la religión y a Dios?

–  Las leyes de la ciencia bastan para explicar el origen del Universo. No es necesario invocar a Dios”.

(https://elpais.com/elpais/2015/09/24/ciencia/1443106788_324837.html)

Este científico al decir “no es necesario invocar a Dios” (para explicar el origen del universo) deja abierta la posibilidad de que podría invocarse para otras cosas. O sea, no niega de frente y rotundamente la existencia del ser divino. Él considera innecesario invocarlo, para el caso que está abordando en ese momento, porque tiene resuelta –aparentemente- la respuesta.

Su ateísmo fue contrastado con la fe que tuvo su ex esposa, Jane Wilde, para atenderlo en vida, fe a la cual se aferró con vehemencia y que la llevó a declarar que Hawking (con quien tuvo 3 hijos) se salvó gracias a su fe. Ella dio testimonio que rogó a Dios por la vida de su esposo (a quien los médicos no le daban muchos años de vida), aunque éste se mofaba de su religiosidad.

A los 21 años a Hawking se le detectó una enfermedad denominada ELA, Esclerosis Lateral Amiotrófica, un mal degenerativo que destruye las neuronas motoras. Su esperanza de vida -luego de ese diagnóstico- según los especialistas era de cuatro a cinco años, pero sobrevivió medio siglo más.

Por otra parte, tal como recoge una nota de la Agencia Católica de Informaciones en su página web (www.aciprensa.com): “El canciller de la Pontificia Academia para las Ciencias, Mons. Marcelo Sánchez Sorondo, recordó que le preguntó a Hawking si había llegado a la conclusión que Dios no existe como científico o sobre la base de su experiencia de vida.

El mismo Prelado explicó que ante su pregunta: “Hawking tuvo que reconocer que su afirmación no tenía nada que ver con la ciencia”.

Como dato extraño Hawking rechazó siempre que lo etiquetaran de “ateo”. Y como vemos en las citas anteriores, no tenía una respuesta certera, segura, tajante, sobre Dios (al menos en esa entrevista), porque quizás –elucubrando un poco- esa llama profunda del corazón que nos hace reconocer la existencia de un Dios más allá de nuestra comprensión humana, salía al paso en su conciencia, afectada por el orgullo del científico dominado por la lógica del pensamiento humano. Es decir, no era realmente libre a pesar de su gran talento. Gozaba de una gran inteligencia, pero no de la sabiduría.

En su Carta, el apóstol Santiago nos explica que si en los corazones de los hombres hay envidia y espíritu de contradicción, la sabiduría de la que hacen alarde no viene de arriba, sino que es terrena. Seguidamente aclara: “La sabiduría que viene de arriba, por el contrario, es ante todo pura, pacífica, condescendiente, conciliadora, llena de misericordia y de buenos frutos, imparcial, sin hipocresía”. (Santiago 3:17)

Entonces podemos observar que la sabiduría alcanzada sólo por el proceso de estudio e investigación, con la intensidad del pensamiento humano afianzado en el egocentrismo, en la prepotencia humana, sin dar paso a la fe que nos conduce a admirar –aunque muchas veces no a comprender- las maravillas del Dios Creador del Universo, no está signada por la gracia divina por lo que tampoco nos proporciona la auténtica y plena libertad para exponer convincentemente las conclusiones sobre nuestras investigaciones o dar una respuesta sabia ante una situación comprometedora. La auténtica sabiduría conduce a pensar que siempre existirán nuevas preguntas, incógnitas por resolver en el camino inagotable del conocimiento, y nos orienta a pensar y decir que sólo un Dios grande y poderoso tiene las respuestas precisas.

La verdadera sabiduría conlleva a un estado de humildad, quizás como oportunamente el gran filósofo griego, Sócrates –nacido 470 años antes de Cristo- lo demostró cuando alcanzó a decir: “Solo sé que no sé nada”, al comprender la enormidad del conocimiento y del universo, según lo recoge su discípulo Platón. En la antigüedad, en Grecia, los filósofos aún sin haber conocido al verdadero Dios, tampoco a Cristo, hablaban de sus deidades y más allá de las que su mitología había creado, se referían también a un Dios desconocido.

En la Biblia, a través del libro Hechos de los Apóstoles (17: 23), Pablo, estando en Atenas, narra lo siguiente: “Al recorrer vuestra ciudad y contemplar vuestros monumentos sagrados, me he encontrado incluso un altar con esta inscripción: “Al Dios desconocido”. Pues bien, lo que veneráis sin conocerlo, eso es lo que yo vengo a anunciar”.

 Pablo predica en el aerópago en Atenas.

Neil Armstrong (1930-2012), astronauta norteamericano y primer ser humano en pisar la Luna (Julio de 1969), al regresar de tan impresionante viaje al espacio, reconoció públicamente la intervención de la mano de Dios en la creación del universoEs ampliamente conocido que “Armstrong era un hombre muy religioso y profundamente cristiano”. (http://protestantedigital.com/internacional/27920/Neil_Armstrong_la_huella_mas_importante_del_hombre_no_esta_en_la_Luna)

Incluso, antes del alunizaje exitoso de Apolo 11 (Comandado por Armstrong e integrado además por Edwin “Buzz” Aldrin y Michael Collins) la experiencia del Apolo 8 comandado por Frank Borman, William Anders y James Lovell -quienes captaron la primera imagen de la Tierra desde el espacio profundo- fue determinante para dar testimonio de lo que ellos sintieron como presencia de Dios en el espacio.

Travesía del Apolo 11.

“Tuve el enorme sentimiento de que había un poder mayor que ninguno de nosotros, que había un Dios y desde luego un principio”, dijo Borman, astronauta norteamericano de fe evangélica protestante.  (www.universal.org.ar/ciencia-en-la-biblia-genios-con-fe/).

De tal forma que el hombre, en su permanente inquietud por buscar respuestas a sus interrogantes existenciales, culmina siempre en el reconocimiento de una fuerza superior, de una inteligencia mayor, de una sabiduría inconmensurable, de un poder prodigioso, que de manera incomprensible como son muchas de las cosas de Dios, les dan explicación a sus preguntas y le hace ver la realidad de su diminuto tamaño ante la impresionante fuerza divina creadora de la cual es parte.

Sin abandonar su interés por descubrir a través de la ciencia todas las incógnitas del universo, es necesario que el hombre reconozca sus limitaciones para comprender la creación en su entera dimensión, y entienda que sólo a través de la fe podrá encontrar las respuestas a las que no ha podido llegar por vía de sus investigaciones. Sólo las conocerá al momento cuando el mismo Creador, como autor de la ciencia y del conocimiento, se las revele, tal como ha sucedido a través de los siglos durante la evolución del mundo. Es necesario, pues, que el hombre admita que la Ciencia y Dios van de la mano y no divorciados como algunos pretenden mostrarlos.

En definitiva, la sabiduría, aquella que proviene del cielo (como lo indica el apóstol Santiago) y completada por el esfuerzo del hombre que procura su santidad y en consecuencia la libertad plena y el éxito de sus proyectos espirituales y materiales, es la que debe prevalecer en todos los órdenes de la vida y debe ser generadora de frutos para el progreso integral de la humanidad.

De esa manera las naciones del mundo podrán superar los obstáculos del subdesarrollo, la pobreza, la miseria humana, y encaminarse a la creación de sociedades libres, forjadas a través del trabajo, con desarrollos científicos proyectados a mejorar la calidad de vida y la felicidad del ser humano, teniendo a Dios como centro de todas sus acciones, dando permanente testimonio de agradecimiento por el amor y la libertad que le ha proporcionado.

CAMINOS DE LA LIBERTAD: OBSTÁCULOS Y FELICIDAD

No es fácil alcanzar la meta en cualquiera de los propósitos que tengamos en la vida. Para ello se requiere de estudio, trabajo, constancia, perseverancia, firmeza, honradez, amor a lo que estamos haciendo, fe y esperanza.

Iniciar ese recorrido implica un compromiso con Dios y con nosotros mismos. Por ello los caminos hacia la libertad siempre estarán llenos de obstáculos a superar, tentaciones, vicios, desesperanza, que debemos vencer.

La felicidad la obtendremos sólo cuando en nuestro andar por la vida hayamos logrado la plena libertad. Es como un premio, una consecuencia del estado existencial en el cual estemos. Si somos realmente libres experimentaremos la felicidad permanente.

La felicidad no se puede confundir con el ejercicio del libertinaje, de la satisfacción de las necesidades materiales -que en buena medida lógicamente son necesarias- o la convivencia entre placeres de la carne como el sexo, la lujuria, la gula, o las drogas, el alcohol o el consumismo extremo. Ello sólo trae como consecuencia estímulos placenteros circunstanciales para la carne, de corta duración, que al final del éxtasis deja un sabor amargo en la conciencia, deterioro del cuerpo y un tormentoso estado de dependencia que genera la pérdida de la libertad.

La felicidad es un estado espiritual, mental y corporal que permite a la persona, en el ejercicio de la libertad real, disfrutar de la paz y el entusiasmo por crecer en la vida llevando adelante el proyecto inicial de Dios cuando creó al hombre: ser feliz haciendo el bien, rechazando el mal y sus tentaciones de manera consciente, adorando al Creador y amando a nuestros semejantes. Así el hombre puede construir a su alrededor un mundo de felicidad que tiene su máxima expresión en lo espiritual y como añadidura se obtiene el crecimiento material.

Lamentablemente el hombre ha torcido el camino y ha volteado la ecuación, preocupándose y ocupándose primero de su prosperidad material, la cual, en muchos casos al no poder ser cristalizada, genera frustración y fatídicos desenlaces como la depresión y hasta el suicidio, triste resultado por haber descuidado la preparación espiritual y no haber entendido la enseñanza de Cristo en su evangelio.

En el libro de Mateo, capítulo 6 desde el versículo 25 hasta el 34, Jesús hace alusión al afán del hombre por sus necesidades materiales de comida, vestido, entre otras, vitales para el ser humano, pero no más importantes que Dios como prioridad para nuestra existencia. Asegura que nuestro Padre celestial conoce nuestras carencias y por eso claramente expone: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura”.

En el plano terrenal el hombre ha experimentado otros grandes obstáculos en el camino hacia su libertad y en consecuencia de la felicidad. Tal vez el más doloroso de ellos haya sido el proceso de esclavitud al cual muchos pueblos han sido sometidos, por imposición de una clase fuerte sobre otra débil. El pueblo de Israel, por ejemplo, vivió más de cuatro siglos de esclavitud en Egipto. Los pueblos de África también sufrieron siglos de esclavización por los blancos europeos, y así muchos casos más.

Pero la esclavitud hoy en día se sigue manifestando de diversas maneras. Una de ellas, por ejemplo, es la dominación del ser humano a través de ideologías políticas engañosas, cuyos promotores influyen en las masas de un país, aprovechando la pobreza y la desigualdad para inocular dosis de odio por diferencias de clases sociales. Sembrando división en la sociedad e incluso en la familia. Así convierten a los seguidores de esas corrientes en verdaderos esclavos de una élite política que cuando se enquista en el poder destruye todo tipo de progreso económico y social y utiliza cualquier recurso -por bajo que sea- para permanecer en el mando. Se impone “administrando” el hambre, la pobreza y la mediocridad de un pueblo inculto, sojuzgado por su misma necesidad material y su escaso desarrollo educativo y espiritual.

Es decir, el pueblo se esclaviza al caer en las redes de quien se proclama su protector, pero que realmente es su verdugo y por ser víctima de su propia ignorancia, agradece al gobernante las dádivas que le otorga, cuando en verdad son derechos que le corresponden. Tal como decía uno de los grandes Libertadores de América, Simón Bolívar: “Un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción”.

El Libertador Simón Bolívar.

Pues bien, una nación solamente podrá evitar esa esclavitud, rebelándose contra la ideología farsante para encontrar su auténtico camino a la libertad, que no es otro que el de convivir practicando las enseñanzas de Jesús, a través del amor a Dios y al prójimo. Esto implica que los pueblos del mundo deben construir sus propios caminos a la libertad y para ello deben procurar gobiernos que den oportunidades a todos por igual, instaurar un sistema regido por una democracia plural y participativa, con independencia de poderes, donde haya un verdadero Estado de derecho y respeto a los ciudadanos. Gobiernos que impulsen un constante crecimiento educativo, cultural, económico, social, que libremente permitan a la sociedad crear bases estables para su desarrollo integral, lejos de la corrupción moral, económica, política. Estos serían verdaderos escudos contra las ideologías farsantes y los agentes del demonio, que buscan alienar al colectivo, penetrar a través de complejas artimañas en su subconsciente para manipularlo a su antojo, aprovechándose de la escasa formación de los ciudadanos para luego hundirlos en sus malignos proyectos de esclavitud y perpetua dominación.

ATAQUES A LA LIBERTAD

Perturbar al ser humano es la tarea del demonio y sacarlo del camino de Dios es su fin. Para ello procura enlazarlo a través de diversas estrategias del mundo, creando falsas necesidades que parecen indispensables para los humanos, pero que realmente no lo son, sino que constituyen parte de la vanidad.

Satanás de alguna manera usa el mundo comercial para seducirnos, a fin de que pensemos que mientras más cosas materiales compremos más digna será nuestra vida, por lo que nuestro centro de preocupación durante toda nuestra existencia debe ser producir dinero y más dinero, ya que de lo contrario no disfrutaremos la verdadera felicidad. Él es el padre de la mentira, es un experto en manipular y confundir, casi sin dejar rastros de su propia malignidad, por ejemplo, cuando incita al hombre a amar –por encima de todo- las cosas de este mundo, a desear primero los bienes materiales, carros, prendas, finos trajes, artefactos y utensilios, antes que adorar a Dios y practicar la caridad.

El evangelista Juan en su primera carta confirma que “todo lo que hay en el mundo, las pasiones carnales, el ansia de las cosas y la arrogancia no provienen del Padre sino del mundo. El mundo pasa, y con él sus deseos insaciables; pero el que hace la voluntad de Dios vive para siempre”. (1 Juan 2:16-17).

Si ciertamente no es malo tener bienes materiales lo que debemos tener claro es que nuestra prioridad siempre debe ser Dios y luego –por añadidura- vendrá el resto de las cosas que necesitamos para vivir y para progresar, porque cuando amamos a Dios, Él no nos abandona.

La humanidad caminará entonces con éxito hacia su libertad en la medida en que sepa defenderse de los lazos del maligno, disfrazados de benignidad. Y esa defensa tiene su soporte en el estudio y puesta en práctica de la Palabra de Dios.

Como ya hemos dicho, el auténtico estado de libertad del hombre está consustanciado con su acercamiento a Dios y por ende al amor y al bien que hagamos a nuestro prójimo. Por tal razón alcanzar tal designio significa un reto que requiere superar muchos ataques despiadados que han llevado a la muerte a infinidad de hombres y mujeres en ese afán por ser realmente libres.

Ese camino a la libertad ha cobrado víctimas innumerables en todo el planeta, porque quienes procuran recorrerlo hasta llegar a la meta afectan muchos intereses malsanos de quienes se oponen a ella: fanáticos antirreligiosos, gobiernos dictatoriales, instituciones dominadas por sectas o por personas con antivalores humano-cristianos, entre otros.

Uno de los casos más terribles de la humanidad, que podemos citar en cuanto a los ataques a la libertad y la opresión de los pueblos, por ejemplo, es el de Adolfo Hitler, bajo cuyo liderazgo fueron asesinados millones de judíos y otras personas inocentes, durante la segunda guerra mundial en la primera mitad del siglo XX; o las muertes que se generan a través de organizaciones no gubernamentales disfrazadas de defensoras de los derechos de la mujer que promueven el aborto o la eutanasia; o simplemente aquellos centenares de millones de personas que sufren y hasta dejan la vida al verse obligados a desplazarse de su país a otras naciones por persecuciones religiosas, étnicas, políticas o por pobreza, explotación, hambre y miseria.

En España durante la guerra civil (1936) hubo asesinatos y persecución contra sacerdotes católicos, igual que en México durante su revolución (siglo XIX), pero también ocurrió durante las guerras en El Salvador y Nicaragua (en los años 80 del siglo XX), así como se evidencian las persecuciones contra los cristianos en Oriente Medio y en los países comunistas en pleno siglo XXI; como igualmente en Venezuela durante estas primeras dos décadas del siglo actual la iglesia católica ha sido objeto de ataques a templos, sacerdotes, obispos. En este país también se ha eliminado el apoyo financiero del Estado a instituciones educativas, hospitalarias y otras de ayuda social por ser creaciones de la iglesia católica, porque en defensa de esa libertad de la cual estamos hablando sus representantes han opinado y ayudado al pueblo en las luchas por sus reivindicaciones sociales para una mejor calidad de vida.

En fin, en todas partes del mundo, se han efectuado y se efectúan continuos ataques a la libertad porque ella implica un compromiso con Dios y con las causas nobles de la humanidad, una lucha implacable contra la corrupción y el pecado y una entrega en favor de la justicia y la paz. Ésta ha sido una pugna constante durante siglos, entre el bien y el mal.

Por eso, en los tiempos actuales es inaceptable la pretensión de grupos políticos de extrema izquierda o derecha, fanáticos religiosos o antirreligiosos, corporaciones capitalistas, comunistas desfasados, organizaciones criminales, de atacar y disminuir la libertad, único camino al progreso y al bienestar personal y colectivo.

En consecuencia, las nuevas generaciones que se levanten en cualquier país del mundo deben estar seriamente comprometidas con la defensa y promoción de la libertad individual, libertad de empresa, libertad de prensa, libertad de pensamiento, libertad espiritual donde Dios sea el centro primordial de las acciones a desarrollar, para construir sociedades realmente prósperas y libres, donde el ser humano sea el eje fundamental y pueda gozar de sus derechos a plenitud.

DERECHO FUNDAMENTAL DEL HOMBRE

La libertad es un derecho fundamental del hombre, por ello los países del mundo reunidos en la Organización de Naciones Unidas (ONU) se han comprometido a través de diferentes tratados en luchar por evitar la opresión y la esclavitud. En la llamada declaración del Milenio, los Estados miembros aprobaron trabajar por promover la democracia, el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales.

No obstante, las agresiones a los más vulnerables, a los más débiles del planeta, continúan frente a una reacción poco contundente por parte de quienes pudieran evitar las graves heridas que producen hechos abominables que empañan la libertad del ser humano. Hablamos de la trata de personas, venta de seres humanos para su explotación sexual y/o realización de trabajos forzados, pero no sólo nos referimos ese nivel decadente, sino también a otros que quizás no parezcan tan espeluznantes, sin embargo, lo son y causan daños muy graves en la psiquis y cuerpo de niños, adultos y ancianos.  Se trata de millones de personas afectadas por el nivel de subdesarrollo y pobreza en tantos países de América, África, Asia, a quienes se les hace difícil el acceso a servicios básicos elementales, como el agua potable, educación, salud, vivienda, transporte, alimentación, telecomunicaciones, lo que les reduce el promedio y calidad de vida.

Pero también millones de personas en el mundo ven afectada su libertad de votar y elegir autoridades legítimamente. Son víctimas de procesos comiciales viciados, manipulados por élites corruptas enquistadas en el poder que impiden la participación libre y transparente de los ciudadanos. Es otra monstruosidad que debe eliminarse de la faz de la Tierra para favorecer la libertad de los pueblos.

Esos vicios en algunas naciones donde se irrespetan los derechos electorales de los ciudadanos van desde la eliminación de las posibilidades de organizarse en partidos o la inhabilitación de determinadas organizaciones políticas y de dirigentes que propician el cambio, imposibilidad de algunos sectores de acceder a recursos del Estado para financiar campañas electorales, mientras que quienes detentan el poder usufructúan a su favor los bienes del Estado, así como utilizan la fuerza pública para frenar los derechos de los votantes, y llegan hasta la manipulación sospechosa de equipos electrónicos en los procesos de sufragio y contabilización de resultados.

Es necesario igualmente luchar contra quienes frenan la libertad de los jóvenes para trazarse su propio destino, imposibilitándoles crecer y consolidarse, porque no hay empleos y porque la reducción del poder adquisitivo les impide formar sus propias familias y constituir hogares dignos, como en el caso venezolano. Esto los obliga a dejar la patria para desplazarse a otras fronteras en búsqueda de oportunidades de desarrollo y crecimiento, ocasionando -entre otros males- la desarticulación de la fuerza productiva del país de origen y la fracturación de la familia.

Un derecho fundamental para el ser humano es que nazca, crezca y se desarrolle en un ambiente de familia, constituida por padre y madre, sin la distorsión moral de que parejas de un solo sexo adopten niños en ejercicio de sus supuestos derechos a tener hijos. Aquí es válido preguntar por los derechos de esos niños a tener una formación moral, humana, cristiana, de tener un padre y una madre, con roles definidos como hombre y mujer para constituir un hogar –como Dios manda- emocionalmente estable.

Familia cristiana católica, modelo para la sociedad.

En fin, aunque la sociedad mundial ha avanzado mucho en estos tiempos modernos, en términos de confort, tecnología, educación, el derecho a la libertad aún se ve seriamente lesionado como en épocas pasadas. 

La libertad, que es un regalo proveniente del Creador para premiar al ser humano con un corazón (para referirnos a la complejidad de sentimientos del ser humano) bien centrado, será siempre objeto de ataques por parte del maligno en su obsesión por entorpecer la obra de Dios, interfiriendo en la vida del hombre con astucia tentadora, disfrazada de oportunidades para avanzar, cuando realmente lo que se propone es reducirlo a la esclavitud del pecado para que no crezca espiritualmente. Lo que procura es atraparlo en un efímero espejismo de progreso material, para alejarlo de los verdaderos caminos de la libertad que son los que le conducen a Dios, para ir de la mano con Él haciendo el bien, trabajando y produciendo bienes espirituales –y por añadidura materiales- que le den felicidad.

Carlos Hernández
carloshernandez768@gmail.com
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