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INICIO Y FIN… ALFA Y OMEGA, ABORTO Y EUTANASIA

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“Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia” 

(Jn 10,10)

Monseñor Polito Rodríguez, Obispo de San Carlos-Cojedes.

Especialmente al comienzo y al final de la vida, los seres humanos apenas pueden defender su derecho a la vida, su dignidad humana y su integridad personal. En esos momentos necesitan a los demás, que reconozcan la dignidad inviolable y el carácter sagrado de una vida humana, que la amen  y la acepten, la ayuden y la cuiden, la protejan, la nutran y la acompañen.  Al inicio  y al final de la vida, estamos como nunca, en las manos y la actitud consciente  de los demás.

En el Sermón de la Montaña, el Señor recuerda el precepto: ―No matarás‖ (Mt 5, 21). El Papa Francisco nos dice: “No es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana” “Un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo” Bien nos lo enseña San José, al ser un hombre justo que protege a su familia de todo peligro y ayuda a preservar con amor la vida de su esposa y de su hijo.

Al inicio y al final de la vida, una acción de interrumpir la vida, comprometen la paz y la tranquilidad de conciencia de las personas que lo realizan. Más nunca se vuelve a ser la misma persona, el peso moral y espiritual no le abandonan mientras exista.

Al inicio de la vida nos enfrentamos al aborto. Mujeres que padecen el desgaste de la incertidumbre, mientras la iglesia sostiene: “La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado» (Jr 1, 5). La vida le pertenece a Dios.

Como iglesia ¿Qué estamos haciendo ante los casos de aborto? ¿Qué pastoral hay dedicada a este aspecto? ¿Qué tiempo, estudio y reflexión le dedicamos a este tema y a estas personas? “Hemos hecho poco para acompañar adecuadamente a las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se les presenta como una rápida solución a sus profundas angustias”. 

Al final de la vida, la petición de una eutanasia es el intento por adueñarse completamente del último paso de la vida. Esto no es compatible con la entrega de la propia vida en las manos amorosas de Dios. “La eutanasia no es una solución para el sufrimiento, sino una eliminación de la persona que sufre”.

Aunque la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios debidos a una persona enferma no pueden ser legítimamente interrumpidos. El uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, incluso con riesgo de abreviar sus días, puede ser moralmente conforme a la dignidad humana si la muerte no es pretendida, ni como fin ni como medio, sino solamente prevista y tolerada como inevitable. Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados.

Interrumpir ciertos tratamientos es rechazar el ―encarnizamiento terapéutico‖. Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla. Todos deseamos una buena muerte, es decir, un momento sagrado donde reine la paz, sin sufrimientos ni dolor. Sin embargo las situaciones actuales de escasez de medicinas y lugares de atención médica, han aumentado el riesgo de morir antes de tiempo, por lo  cual nos preguntamos ¿Cómo nos estamos cuidando y cuidando a los demás?

Nos dice el Papa Juan Pablo II: “Reinvindicar el derecho al aborto, al infanticidio, a la eutanasia, y reconocerlo legalmente, significa atribuir a la libertad humana un significado perverso e inicuo: el de un poder absoluto sobre los demás y contra los demás” Lo expresa también el Concilio Vaticano II: “La vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado, el aborto y el infanticidio son crímenes abominables”.

Pidamos a San José, patrono de la buena muerte, nos enseñe reconocer la muerte y acompañar con fe y caridad esos momentos decisivos, donde se despide  la vida. 

En definitiva, al inicio y al final de la vida, cuando nos encontramos en mayor fragilidad, se puede apreciar los valores que reinan en la sociedad y el alcance real que va tendiendo la fe y la fraternidad en cada hogar e institución médica.

“Él da vida y aliento y todo a todos”.

Hch 17,25b

Mons. Polito Rodríguez Méndez

Obispo de la Diócesis de San Carlos

Marzo 2021

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